El gato negro
Edgar allan PoE
Edgar allan PoE
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque
simple relato que me dispongo a escribir. Loco
estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su
propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que
esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera
aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste
en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios,
una serie de episodios domésticos. Las
consecuencias de esos episodios me han aterrorizado,
me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero
no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles,
para otros resultarán menos espantosos que baroques.
Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia
reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia
más serena, más lógica y mucho menos excitable
que la mía, capaz de ver en las circunstancias
que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de
causas y efectos naturales.
ahogué en vino los recuerdos de lo
sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba
poco a poco. Cierto que la órbita
donde faltaba el ojo presentaba un
horrible aspecto, pero el animal no
parecía sufrir ya. Se paseaba, como
de costumbre, por la casa, aunque,
como es de imaginar, huía aterrorizado
al verme. Me quedaba aún
bastante de mi antigua manera de
ser para sentirme agraviado por la
evidente antipatía de un animal
que alguna vez me había querido
tanto. Pero ese sentimiento no tardó
en ceder paso a la irritación. Y
entonces, para mi caída final e irrevocable,
se presentó el espíritu de la
PERVERSIDAD. La filosofía no
tiene en cuenta a este espíritu; y, sin
embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como
de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales
del corazón humano, una de las facultades primarias
indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen
el carácter del hombre. ¿Quién no se ha
sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en
que cometía una acción tonta o malvada por la simple
razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros
una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente
al buen sentido, una tendencia a transgredir lo
que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este
espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en
mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi
alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza,
de hacer mal por el mal mismo, me incitó a
continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que
había infligido a la inocente bestia. Una mañana,
obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y
lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras
las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento
me apretaba el corazón; lo ahorqué porque
recordaba que me había querido y porque estaba
seguro de que no me había dado motivo para matarlo;
lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un
pecado, un pecado mortal que comprometería mi
alma hasta llevarla —si ello fuera posible— más allá
del alcance de la infinita misericordia del Dios más
misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan
cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!”
Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la
casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar
de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo.
Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron
y desde ese momento tuve que resignarme a la
desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación
de causa y efecto entre el desastre y mi criminal
acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos
y no quiero dejar ningún eslabón incompleto.
Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas.
Salvo una, las paredes se habían desplomado. La
que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco
espesor, situado en el centro de la casa, y contra el
cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido
había quedado a salvo de la acción del fuego,
cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa
muchedumbre habíase reunido frente a la pared y
varias personas parecían examinar parte de la misma
con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!,
¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad.
Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada
como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un
gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente
maravillosa. Había una soga alrededor del
pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición —ya que no podía considerarla
otra cosa— me sentí dominado por el asombro
y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda.
Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo
a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la
multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien
debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación
por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado
de despertarme en esa forma. Probablemente la
caída de las paredes comprimió a la víctima de mi
crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal,
junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver,
produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya
que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido
impresionó profundamente mi imaginación. Durante
muchos meses no pude librarme del fantasma del
gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento
informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento.
Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal
y buscar, en los viles antros que habitualmente
frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia
que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba
en una taberna más que infame, reclamó mi atención
algo negro posado sobre uno de los enormes toneles
de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar.
Durante algunos minutos había estado mirando
dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes
la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé
y la toqué con la mano. Era un gato negro muy
grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual
a éste, salvo un detalle: Plutón no tenía el menor pelo
blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una
vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría
casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente,
ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y
pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues,
de encontrar el animal que precisamente andaba buscando.
De inmediato, propuse su compra al tabernero,
pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás
lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía
a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme.
Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y
otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo
en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió
en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía
hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario
de lo que había anticipado, pero —sin que
pueda decir cómo ni por qué— su marcado cariño
por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente,
el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar
la amargura del odio. Evitaba encontrarme
con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo
de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo.
Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o
de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente
—muy gradualmente— llegué a mirarlo
con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable
presencia, como si fuera una emanación de
la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio
fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído
a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto.
Esta circunstancia fue precisamente la que le hizo
más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en
alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna
vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de
mis placeres más simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en el
mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con
una pertinacia que me costaría hacer entender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo
mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus
odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre
mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba
sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder
trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba
aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado
por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre
todo —quiero confesarlo ahora mismo— por un espantoso
temor al animal.
Aquel temor no era
precisamente miedo de
un mal físico y, sin embargo,
me sería imposible
definirlo de otra manera.
Me siento casi
avergonzado de reconocer,
—sí, aún en esta celda de
criminales me siento casi
avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que
aquel animal me inspiraba, era intensificado por una
de las más insensatas quimeras que sería dado concebir—.
Más de una vez mi mujer me había llamado la
atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre
el extraño animal y el que yo había matado. El lector
recordará que esta mancha, aunque grande, me
había parecido al principio de forma indefinida; pero
gradualmente, de manera tan imperceptible que mi
razón luchó durante largo tiempo por rechazarla
como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno
de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que
me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y
hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido
capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de
una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del PATÍBULO!
¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen,
de la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias
humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante
había yo destruido desdeñosamente, una bestia era
capaz de producir tan insoportable angustia en un
hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay,
ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del
reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un
instante solo; de noche, despertaba
hora a hora de los más horrorosos
sueños, para sentir el ardiente
aliento de la cosa en mi rostro y su
terrible peso —pesadilla encarnada
de la que no me era posible desprenderme—
apoyado eternamente
sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes,
sucumbió en mí lo poco
que me quedaba de bueno. Sólo los
malos pensamientos disfrutaban ya
de mi intimidad; los más tenebrosos,
los más perversos pensamientos. La
melancolía habitual de mi humor
creció hasta convertirse en aborrecimiento
de todo lo que me rodeaba y
de la entera humanidad; y mi pobre
mujer, que de nada se quejaba, llegó a
ser la habitual y paciente víctima de
los repentinos y frecuentes arrebatos
de ciega cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me
acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza
nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras
bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme
cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura.
Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles
temores que hasta entonces habían detenido mi mano,
descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente
al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de
mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por
su intervención a una rabia más que demoníaca, me
zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin
un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al
punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver.
Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de
día como de noche, sin correr el riesgo de que algún
vecino me observara. Diversos
proyectos cruzaron mi
mente. Por un momento
pensé en descuartizar el
cuerpo y quemar los pedazos.
Luego se me ocurrió
cavar una tumba en el piso
del sótano. Pensé también
si no convenía arrojar el
cuerpo al pozo del patio o
meterlo en un cajón, como si se tratara
de una mercadería común, y
llamar a un mozo de cordel para
que lo retirara de casa. Pero, al fin, di
con lo que me pareció el mejor expediente
y decidí emparedar el cadáver
en el sótano, tal como se dice
que los monjes de la Edad Media
emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este
propósito. Sus muros eran de material
poco resistente y estaban recién
revocados con un mortero ordinario,
que la humedad de la atmósfera
no había dejado endurecer. Además,
en una de las paredes se veía la saliencia
de una falsa chimenea, la cual
había sido rellenada y tratada de manera
semejante al resto del sótano.
Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar
los ladrillos en esa parte, introducir
el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera
que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué
los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de
colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna,
lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de
nuevo la mampostería en su forma original. Después
de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un
enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué
cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la
tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared
no mostraba la menor señal de haber sido tocada.
Había barrido hasta el menor fragmento de material
suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por
lo menos, no he trabajado en vano”.
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia
causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido
a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera
surgido ante mí, su destino habría quedado sellado,
pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la
violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de
aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible
describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio
que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho.
No se presentó aquella noche, y así, por primera
vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y
tranquilamente, sí, pude dormir, aun con el peso del
crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador
no volvía. Una vez más respiré como un hombre
libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para
siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de
una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción
me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones,
a las que no me costó mucho responder.
Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente,
no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura
me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se
presentó inesperadamente y procedió a una nueva y
rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo
era impenetrable, no sentí la más leve inquietud.
Los oficiales me pidieron que los acompañara en su
examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final,
por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los
seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón
latía tranquilamente, como el de aquel que duerme
en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del
sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba
tranquilamente de aquí para allá. Los policías
estaban completamente satisfechos y se disponían a
marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado
grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles,
por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y
confirmar doblemente mi inocencia.
—Caballeros —dije, por fin, cuando el grupo subía
la escalera—, me alegro mucho de haber disipado
sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de
cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está
muy bien construida... (En mi frenético deseo de
decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba
cuenta de mis palabras).
Repito que es una casa de
excelente construcción.
Estas paredes... ¿ya se marchan
ustedes, caballeros?...
tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas,
golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la
mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se
hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del
archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis
golpes cuando una voz respondió desde dentro de la
tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo,
semejante al sollozar de un niño, que luego creció
rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y
continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido,
un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad
de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno
de la garganta de los condenados en su agonía y
de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura.
Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared
opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera
quedó paralizado por el terror. Luego, una docena
de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de
una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado
de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los
espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y
el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible
bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y
cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había
emparedado al monstruo en la tumba!
cuenta de mis palabras).
Repito que es una casa de
excelente construcción.
Estas paredes... ¿ya se marchan
ustedes, caballeros?...
tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas,
golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la
mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se
hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del
archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis
golpes cuando una voz respondió desde dentro de la
tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo,
semejante al sollozar de un niño, que luego creció
rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y
continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido,
un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad
de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno
de la garganta de los condenados en su agonía y
de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura.
Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared
opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera
quedó paralizado por el terror. Luego, una docena
de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de
una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado
de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los
espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y
el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible
bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y
cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había
emparedado al monstruo en la tumba!
Cuentos 1. Madrid: Alianza Editorial, 2001.
Fuente: Edgar Allan Poe.
pp. 107-118.ESCUCHAR AUDIO
Baño apresurado a las siete; desnuda y a punto de entrar en la pequeña cámara lava-cuerpos, se lleva la primera sorpresa: NO HAY AGUA CALIENTE. Cree escuchar risitas y enseguida piensa: —Debo estar dormida aún. ¡Café!, un café sería muy bueno, conseguiría con ello abrir los ojos. A tientas busca un cerillo. SSSCRACH, lo prende. Gira la manivela para encender la hornilla. Segunda sorpresa: NO HAY GAS. Nuevas risas bailan al son de una modorra mañanera que no cede. No hay agua caliente… no hay gas… que no cunda el pánico… agua, sí… un vaso de agua sería bueno. El garrafón la contempla impávido y muy, muy vacío. Ella se resigna. Hay que consecuentar estas mañanas como a niños caprichosos. La primera decisión del día sería: ¿baño con agua fría sobre piel caliente, o piel caliente y adormilada bajo la ropa? Gana piel caliente y adormilada. El estómago se hace presente como espíritu chocarrero y ella piensa en las consecuencias que traería engullir un pan con mermelada. ¡Al diablo las consecuencias! Gracias a Dios por el pan de cada día (aunque no haya mermelada). Piensa en la hora. Piensa en qué ponerse.
Piensa que le han salido arrugas en el alma.
Piensa.
Afuera, el sol le recuerda insensiblemente su calidad
de criatura nocturna, le hiere los ojos y parece
preguntarle:
—¿Te acuerdas, niña, de las copas
de anoche y el
joven de los ojos
grandes?
(Ella recuerda más
el tequila que los ojos
grandes.)
De pronto, como
en las películas, […]
podemos apreciar una
escena retrospectiva en la
que una Ella más niña,
aunque igual de despeinada,
observa el cuidado con el
que su madre se maquilla,
mientras le dice, con la
gracia de una reina:
—Ya lo sabes, preciosa:
las niñas buenas no
toman tequila, sino shirley
Temples.
Termina la escena y
de vuelta al rostro de Ella,
ahora con ojos rojos e inyectados. Se encuentra en una
casa a oscuras, llena de humo, “jipis” y greñudos por
doquier, sentados en flor de loto tan inmóviles que parecen
estar jugando a las estatuas de marfil, una, dos y
tres así, ríe Ella una risa estridente mientras enciende
de nuevo la pipa verde que contiene una hierba verde,
para que sus ojos verdes se pongan… ¡rojos! (He aquí
nuestro primer error cromático.)
—Las niñas buenas no fuman, y tampoco hablan
mucho; comen como pajaritos y nunca llegan a su casa
después de las diez de la noche. ¿Lo entiendes, nena, lo
entiendes? —continúa una madrerreina desde su trono
hermoso y perfumado.
Y la niña contesta:
—Pero, ¿y las sopas instantáneas, madre, y las carreras
de perro por conseguir trabajo? ¿Y las idas a la
penitenciaría a recabar información, dónde meto todo
eso? ¿Dónde lo coloco? ¿A un lado de los osos de peluche?
¿Entre las sábanas blancas?
¿Dónde guardo las prostitutas de la Zona, mamá,
dónde pongo las angustias? ¿Dónde el miedo de no ser
lo suficiente y la sarta de palabras agregable a “suficiente”?
Suficientemente linda, suficientemente buena, suficientemente
seria, alta, bella, fuerte, brava o experimentada.
¿Cómo viven hoy las niñas buenas, entre gritos y
conflictos bélicos, entre azul y buenas noches, entre
listas de amores frustrados, líneas de coca y uno que
otro arponazo a la conciencia, entre nubes de humo
que se burlan?
La madre la mira largamente:
—¡Ay, niña, no preguntes tonterías!
—¿Y la amenaza del SIDA, madre, y los condones
de colores, y el borracho de la esquina, dónde, dónde
colocarlos? ¿Dónde guardo al niño asesinado, madre,
no al niño muerto, al a-se-si-na-do? ¿Dónde guardo
los quehaceres innombrables mientras explicas a las
amigas del cafecito que a tu niña le ha dado por jugar
a Luisa Lane y ser moderna, cuando yo me siento sólo
una clark Kent fracasada?
¿Dónde guardo la presión del trabajo, las muertes
de migrantes, la mujer de la maquila? ¡Ya no caben con
las Barbis!
Y es que vivimos en una generación de sopas instantáneas
y amores instantáneos, que no duran más de
cuatro copas, madre, andamos por la vida con máscara
antigases, y nos brotan trincheras en el alma, y
bombas en el cuerpo, una generación de “quítate o te
como”, “me estorbas, te mato”, donde el compact disc
sustituyó al disco de pasta como las computadoras nos
sustituyen a nosotros, donde ahora las llamadas por
teléfono son de máquina contestadora a contestadora,
madre, y la soledad es absoluta. Donde estamos fragmentados,
diluidos, reciclados, mientras los que se dicen
profetas/defensores ecológicos pululan por las calles
pronosticando el último desastre y el número
ganador de la lotería, y los clubes de intelectuales te
juzgan por la cantidad de hojas gastadas tintaderramashirley











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